jueves, 26 de junio de 2008

On the road again

En una de las muchas conversaciones sin sentido que muy a menudo se daban en nuestro piso de la Avenida Barcelona, quedamos en que un día cogeríamos el coche cargado con sacos de dormir, latas de conservas, cámara de fotos y un mapa, el cual no desplagaríamos para elegir destino hasta estar en marcha.
También nos dijimos que no más de tres años en Terrassa...y ahora empezamos el cuarto.



Para el niño que ama las estampas, los mapas,
el universo iguala a su vasto deseo.
¡Ah, qué grande es el mundo al fulgor de la lámpara,
qué pequeño resulta a la luz del recuerdo!

Partimos con el alba, el cerebro inflamado
y con el pecho lleno de rencor y de afanes,
y marchamos siguiendo el ritmo de las ondas,
mientras el infinito del mar acuna el nuestro:

unos huyen, gozosos, de alguna patria infame,
otros de los horrores de su cuna y algunos,
astrólogos que anegan de una mujer los ojos,
la tiránica Circe de peligroso aroma.

Para no transformarse en bestias se embriagan
con la luz, el espacio, los encendidos cielos;
el hielo que los muerde, los soles que los bruñen
les borran lentamente la huella de los besos.

Pero los verdaderos viajeros son los que simplemente parten
por partir; los corazones ligeros,
semejantes a un globo, de su fatalidad nunca se apartan
y sin saber por qué, siempre dicen: ¡Vamos!

¡Aquel cuyo deseo tiene forma de nube
y que sueña lo mismo que un soldado el cañon,
con voluptuosidades amplias, desconocidas,
cuyo nombre jamás supieron los humanos!


Saludos!

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